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Algunos escritos y cuentos para compartir
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Cuando era chica

Cuando era chica, más o menos tendría siete u ocho años, jugaba con mi prima Isabel, que en aquel entonces, también era chica, en la terraza de mi casa.

Yo era , y ella, no recuerdo quien era ella.

Cuando subíamos a la terraza ya nos transformábamos. Sin disfrazarnos, nos veíamos vestidas de vaqueras, con un caballo blanco, cartucheras y revólveres.

Yo, que en la realidad era morocha y tenía trenzas, en ese momento tenía cabello rubio, lacio y largo.

El indio existía aunque no lo veíamos. Isabel me creía y yo le creía a ella. En ese momento nos inventábamos historias de película, basadas en alguna serie televisiva. Algún bandido imaginario entraba al Saloon y borracho rompía todo y amenazaba a los parroquianos. Isabel llamaba a Annie y Toro sentado la aconsejaba. Annie con tiro certero hería al bandido y el sheriff lo metía entre rejas.

La terraza separaba el mundo real del imaginario. En la terraza no había deberes, ni tareas, ni obligaciones.

La terraza significaba una comedia que podía jugarse porque los actores la vivían como una realidad alejada de lo cotidiano.

La Vereda

Cuando era chica, se jugaba en las veredas. Las calles no ofrecían peligro alguno, porque la mayoría eran de tierra. Entre la calle y la vereda corría una zanja abierta que se llenaba con agua de lluvia. Allí crecían los renacuajos de las ranas.

A la tarde nos agrupábamos con los hijos de los vecinos y compartíamos bicicletas, triciclos y muñecas.

Allí, en la vereda. Sola, aprendí a andar en bicicleta. Una bicicleta más grande que yo. Por eso al principio, no llegaba a los pedales si me sentaba, y aprendí a mantener el equilibrio pedaleando de pié.

Nos lastimábamos, porque cada dos por tres alguno terminaba en el piso, pero todo se reducía a llorar a los gritos unos minutos y echar agua en la herida. El juego se interrumpía solo por lluvia, porque no se visitaba la casa de los demás.

El día de la primavera, no había clases. Entonces nos juntábamos desde la mañana con manojos de ramas para atrapar mariposas. Había muchísimas mariposas. Parece que tomaban a esa, nuestra calle, como desfiladero y parecía que todas las mariposas del universo volaban hacía nosotros desafiando nuestra habilidad para capturarlas.

En Carnaval, la vereda era una fiesta. Nosotros, los menores blandíamos inofensivas bombitas de agua y tímidos pomos. Los mayores se plegaban al juego de agua con baldes, sifones, palanganas o cualquier cosa capaz de contener el líquido elemento. Nadie se enojaba. Todo era diversión.

Los abuelos sacaban sus sillas con asiento de paja a la vereda y disfrutaban de la compañía de los vecinos y de nuestros juegos inocentes. No se sentían solos. No había geriátricos. Ellos tenían también su lugar. Y también jugaban con nosotros.

Mi abuelo Justo, por ejemplo, se sentaba en su silla de paja y Jugaba al Patrón de la vereda con los chicos. Retorcía un diario entre sus manos y nosotros formábamos fila.

De a uno íbamos desfilando a la carrera para pasar sin que nos diera un chirlo con el diario en las nalgas.

Recuerdos de otros tiempos, donde nos divertíamos a lo grande y sin gastar un peso.

Visita a la casa de Victoria Ocampo

Interir de la casa de Victoria Ocampo en Mar del Plata<br>Foto por Mirta Fernandez
Y pienso en las pisadas sobre el entablonado de madera, ese fantasma de mujer que se asoma entre el ventanal detrás de la escalera, que desaparece para aparecer mas tarde subiendo y bajando los peldaños de la galería, recitando palabras deshilvanadas que trepan una hiedra y se acurrucan bajo un tilo para no perder el calor del sol.

Ella, Victoria, confunde a los visitantes murmurándoles versos al oído, y estos, impávidos giran sobre sus talones tratando de comprender el espíritu de esos habitantes invisibles para encontrar solo el reflejo del sol en los vitrales emplomados ubicados sobre las puertas.

Desconcertados, recorremos las habitaciones, subimos las escaleras, descubrimos baños enormes con bañeras de pié. Balcones y galerías. Empapelados ingleses de pájaros, flores y frutas roídos por la humedad, el abandono y el paso inevitable de los años.

Casa Victoria Ocampo en Mar del Plata<br>Foto por Mirta Fernandez
Ya en el jardín, altísimas lavandas custodian un estrecho camino hacia la abandonada casa de huéspedes, las rozamos tratando de esquivarlas pero igualmente ellas nos acarician los muslos con insolencia. Del otro lado del jardín una construcción que remata en torre vigila el predio. Tres portones de garaje sobre los que avanzó la hiedra sin pedir permiso denotan que ni siquiera es visitado por fantasmas.

La figura etérea se pierde en un sendero ondulante entre árboles centenarios y el susurro incomprensible se confunde con la lluvia.

En cada charco un poema y en cada gota una rima.

Enseñar a un Niño a andar en Bicicleta

Tome un niño y cómprele una Asegúrese que la bicicleta sea más grande que el niño.

No le coloque rueditas auxiliares a la bicicleta. Eso retrasa el aprendizaje.

Saque al niño y a la bicicleta a la vereda. Busque una vereda ancha y en lo posible, con poca gente.

Dígale al niño que se suba a la bicicleta.

Si el niño se niega, no lo rete, no le pegue y no insista.
Vuelva con el niño y la bicicleta a su casa y espere una semana.

A la semana siguiente, vuelva a repetir la operación.

Si el niño accede a subirse, aconseje al niño colocar un pie en un pedal y darse impulso con el otro, contra el piso.

Nunca, pero nunca, sostenga la bicicleta con el niño encima.

Dé tantas vueltas a la manzana como sean necesarias hasta que el niño sienta que puede mantener el equilibrio.

Vuelva a repetir la operación hasta que el niño pedaleé solo.

Si el niño se sigue negando, colóquele ruedas auxiliares a la bicicleta o véndala.

El Secreto mejor guardado

Siempre me apasionaron los lugares secretos. Esas doble puertas que se escondían detras de una biblioteca o de una chimenea.

Un espacio especial que no estuviera a la vista de todos. Un espacio con sensación de intimidad.

Esa sensación que ahora comparto con ustedes la siento cuando visito la Ciudad de Rosario.

La Ciudad de Rosario está cada día más linda. Se hicieron muchas obras para embellecerla y es un placer caminarla.

Cuando quiero ir tengo que asegurarme el alojamiento con anticipación porque es muy visitada.

Pero el secreto mejor guardado de Rosario es un Restaurant. No es mi intención hacer publicidad.

Bajando por la calle España hacia el río, se llaga al Paseo España. Fabulosamente diseñado frente al río Paraná.

A un costadito, escondido, asoma una pequeña construcción donde se puede leer: " Ascensor". El ascensor es para bajar barranca abajo.

Si uno se introduce en ese ascensor, y baja un piso se llega a un Restaurant donde se puede comer riquísimo pescado a la parrilla con una majestuosa vista del río Paraná.

Allí no hay nada fashion. Ni colas de gente esperando para comer.
Tiene una amplia terraza cobijada por un álamo donde se puede comer respirando la brisa del río. Un piso más abajo hay un Club con un patio cubierto por glicinas.

Es un ambiente familiar. El pescado es delicioso y la sensación de que somos pocos los que sabemos que existe ese rincón me devuelve la pasión por los escondites.

Pueyrredón 106, Salta

En Salta hay un refrán: “ El que no visitó Pueyrredón 106, no estuvo en Salta”

Es la casa del Pajarito Velarde. Hoy convertida en Museo.

El Pajarito Velarde era un adelantado. Ya en el año 30 ocupaba un loft. Su casa, en esquina constaba de un solo ambiente. En un apéndice, flanqueado por un cortinado estaba instalada su cama y un ropero. No tenía cocina porque el Pajarito no cocinaba. Comía afuera.

La casa en esquina de estilo colonial con techo de tejas tiene dos ventanas, una de ellas, también en esquina y un hogar para calefaccionarla.

El Pajarito Velarde era un bon vivant o sea que era amigo de la buena vida y de hacer amigos: Músicos, poetas, deportistas, cineastas e intelectuales eran visitantes frecuentes.

La casa está atiborrada de recuerdos. Colecciones de libros y discos e innumerables objetos, entre ellos un sombrero, obsequio de Carlos Gardel.

Entre las curiosidades se pueden ver los sobres de las cartas que recibía Pajarito. Estos sobres contenían el dibujo de un pájaro y la palabra “Salta” la carta llegaba a su destinatario porque todos conocían quién era el pajarito salteño.

Aunque solo estuve treinta horas en Salta, si visité Pueyrredón 106, nadie puede decir que no estuve en Salta.

 

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